El lenguaje inclusivo: ¿un avance o una complicación innecesaria?

Admito que abordar este tema puede resultar delicado, pero creo que es imprescindible reflexionar sobre el impacto del lenguaje inclusivo en nuestra labor como escritores, redactores y amantes de las palabras. En mi opinión, el español es una lengua perfectamente estructurada, con herramientas suficientes para comunicar sin excluir, sin necesidad de forzar construcciones artificiales que no solo entorpecen el flujo natural de las ideas, sino que también dividen más de lo que unen.

El lenguaje inclusivo ha surgido, en teoría, como un intento de dar visibilidad a colectivos históricamente relegados. Sin embargo, en la práctica, para quienes nos dedicamos a escribir, esta propuesta tiene por supuesto un obstáculo más que un avance. Nos enfrentamos a un problema «creado» que no solo interfiere en el acto de escribir, sino que también polariza la sociedad, generando tensiones ideológicas donde antes había consenso.

La riqueza del español

El español es una lengua extraordinariamente rica y precisa. Desde hace siglos, nos ofrece recursos para expresar cualquier matiz de la realidad, incluyendo diferencias de género. Por ejemplo, la distinción entre hombre y Hombre —con mayúscula para referirse a la humanidad en general— es un claro ejemplo de cómo el contexto y la gramática nos permiten comunicar ideas sin necesidad de añadir términos forzados o deformar palabras.

Como mujer y escritora desde que tengo uso de razón, jamás me he sentido limitada o «encerrada» en el lenguaje como dice en uno de sus textos Cristina Peri Rossi (Escritora uruguaya Ganadora 2021 del Premio Cervantes). Todo lo contrario: escribir siempre ha sido mi forma de liberar pensamientos, de construir mundos y de expresar emociones. Nunca sentí que mi género estuviera en conflicto con el español; la lengua ha sido mi aliada, no mi enemiga.

Una lucha inesperada

Sin embargo, desde que el lenguaje inclusivo comenzó a ganar terreno —impulsado más por ciertos movimientos ideológicos que por una necesidad real—, redactar se ha vuelto un verdadero desafío. No porque carezcamos de capacidad para adaptarnos, sino porque estas imposiciones lingüísticas carecen de fundamento lógico. Decir «todos y todas», «nosotres», o incluso sustituir letras por signos como la «e» o la «x» o la «@», no solo rompe la fluidez del texto, sino que en muchas ocasiones genera confusión y estéticamente resulta demencial.

En lugar de enriquecer la lengua, estas prácticas la empobrecen. Al insistir en un lenguaje inclusivo, no se está visibilizando a nadie; más bien, se está complicando una herramienta que debería ser clara y accesible para todos.

Enseñar a usar el lenguaje, no a destruirlo

Si hay algo que realmente debemos cambiar, no es el lenguaje, sino la forma en que lo enseñamos y lo usamos. La ignorancia sobre las reglas y estructuras del español es el verdadero problema. Antes de añadir reglas innecesarias, deberíamos centrarnos en enseñar a escribir y hablar correctamente.

El lenguaje inclusivo, lejos de unir, genera rechazo y fragmentación. El español, tal como está, ya cumple con la función de ser una lengua inclusiva y funcional, siempre y cuando sepamos usarlo.

Lenguaje inclusivo: cuando la e se convierte en mordaza

📢 Si hay algo que me saca de quicio es el mal llamado lenguaje inclusivo. No porque me moleste que la gente quiera sentirse nombrada (faltaría más), sino porque el invento es un disparate lingüístico que ni incluye ni soluciona nada.

De toda la vida, el masculino gramatical ha servido como genérico. No porque el idioma fuera machista —aunque la historia sí lo haya sido—, sino porque la lengua necesita economía. El plural masculino agrupa, y punto. Decir “los alumnos” siempre ha englobado a los chicos y a las chicas, sin que nadie se sintiera expulsado del aula.

Pero ahora resulta que hay que escribir niños y niñas, todos y todas, y si me apuras, niñes y todes. Porque alguien decidió que el masculino ya no sirve. Y aquí es donde empieza la fiesta del absurdo:

  • Complicamos la escritura hasta hacerla ilegible: asteriscos, barras, @, e.

  • Transformamos frases fluidas en trabalenguas imposibles.

  • Y lo peor: nos cargamos la identidad. Porque decir niñes no es incluir, es borrar la diferencia. Es dejar de ser niño o niña para convertirse en un ente neutro, sin rostro, sin género, sin identidad.

La lengua no funciona a golpe de decreto ni de hashtags. No se construye un idioma cambiando vocales como si fueran pegatinas. El castellano tiene siglos de historia, raíces profundas y una lógica interna. Retorcerlo artificialmente no lo hace más justo: lo hace más ridículo.

Y aquí viene mi sospecha: ¿de verdad esto va de inclusión? Yo creo que no. Yo creo que es otra forma de manipulación. Si la gente ya no se identifica ni siquiera con las palabras que usa, se convierte en masa blanda, fácil de moldear. Quitas las referencias, borras la claridad, diluyes la identidad, y el resultado es una sociedad dócil, convencida de que ser “niñes” es mejor que ser persona.

El idioma es un mapa para entender el mundo. Si nos obligan a emborronarlo con artificios, terminamos perdiendo la orientación. Y un pueblo desorientado es un pueblo que se deja llevar.

Así que, no gracias. Yo seguiré diciendo niños y niñas, hombres y mujeres, y cuando corresponda, el plural masculino para todos. Porque el lenguaje, cuando es auténtico, une. Y cuando lo manipulan, lo único que consigue es separar… y de paso, confundir.

Conclusión

Es necesario avanzar hacia una sociedad más igualitaria, pero no a costa de una lengua que ya nos brinda las herramientas necesarias para comunicarnos de manera efectiva y respetuosa. Más que imponer cambios forzados en el idioma, deberíamos centrar nuestros esfuerzos en educar y promover un uso correcto del español, que, sin duda, es uno de los patrimonios más ricos y completos que poseemos.

El lenguaje, como siempre lo he vivido, es libertad. Deformarlo para satisfacer exigencias ideológicas es limitar esa libertad que tanto hemos valorado como escritores.

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