Cuando yo nací no había Internet. De hecho, ni siquiera había ordenadores. Todo, absolutamente todo se hacía con lápiz y papel. Los adultos más diestros y con más poder adquisitivo utilizaban la pluma estilográfica, pero eso era “cosa de mayores”.

Después nos enseñaban a escribir con “plumilla” un artefacto metálico que se ponía en un soporte de madera parecido al lápiz y que no era fácil de utilizar, Había que sumergir la plumilla en un bote de tinta. La tinta se quedaba adherida a la superficie del metal y luego bajaba por una ranura que separaba la plumilla en dos puntas. La tinta que iba resbalando por la ranura iba dejando una traza de punta en el papel y tu tenías que darle forma de letra, de dibujo o de lo que fuera. La verdad, llevaba un tiempo acostumbrarse a coger la cantidad de tinta suficiente. Demasiado poca, el trazo se interrumpía y retomarlo en el mismo sitio dejaba un efecto muy feo. Demasiada tinta y tenías en considerable manchón en el papel y, la mayoría de las veces en las manos. Cuando eso ocurría tenías dos opciones, después de limpiar cuidadosamente la tinta sobre un trapito que iba contigo junto a la plumilla y el tintero: una era tirar el papel y volver a empezar, la otra, si el grueso del papel lo permitía y para no volver a empezar el trabajo y malgastar un papel, consistía en coger una cuchilla y raspar el papel cuidadosamente. Con suerte y si la mancha no era muy gorda, el papel quedaba apto (que no bonito) para reescribir encima.

En esa época ya existían los bolígrafos, pero eso era de mayores. Antes de llegar a usar el boli, que se consideraba algo vulgar y sin arte, había que dominar la plumilla. Y con ella hacíamos textos y dibujos, los mas hábiles, de gran calidad artística.

Por fin, llegabas al tan ansiado uso del bolígrafo, aunque, para entonces, muchos ya consideraban que era mejor y más elegante una pluma estilográfica que era una plumilla con un depásito de tinta incorporado y no necesitaba tintero.

Pero, lo importante de todo esto es que las personas escribíamos, nos esmerábamos por tener una letra bonita y legible y respetar el lenguaje. Y, lo más importante, era la escritura de cartas lo que nos permitía comunicarnos con los demás. Las cartas permitían estar en contacto a las personas queridas que teníamos lejos. Los novios y las novias alejados por las circunstancias, como trabajo, o servicio militar, se escribían a diario.

Cierto es que ya existía el teléfono, pero a éste se le daba un uso más puntual. Primero porque aún mucha gente no lo tenía en sus casas y, segundo, porque todo el mundo podía escuchar la conversación. No había nada tan íntimo como leer en la soledad de tu cuarto una carta de tu ser querido. Ni nada tan romántico como leer una nota de un amor prohibido que te había pasado a escondidas un amigo o amiga.

Recibir una carta dirigida a ti era sinónimo de que te habías hecho mayor y podías considerarte adulto. Y abrir el buzón cada día eran unos segundos de ilusión y de esperanza que no son comparables con abrir el WhatsApp a ver quién te dice qué.

Lugo llegaron las computadoras. Yo nací el año de la creación del “chip”, un pequeño artefacto que permitió que las computadoras que ocupaban enormes habitaciones enteras fueran reduciendo su tamaño hasta caber en nuestras casas.

Confieso que fui de las primeras en tirarme de cabeza a esa tecnología en blanco y negro y lenguaje MS-Dos que facilitaba mucho ciertas cuestiones.

Después llego Windows y Appel (al que llamábamos Mac) y con ello se abrió un mundo de posibilidades. Y muy poco después llego Internet y con él un acceso a la información como jamás habíamos tenido. Tanta, que las enciclopedias desaparecieron para siempre y los periódicos dejaron de formar parte de la lectura del desayuno y ratos de ocio de la mayoría de la gente. Internet cambió nuestro mundo para siempre.

Los teléfonos también habían evolucionado y las cartas desaparecieron de nuestras vidas. El buzón de correos pasó de ser un medio de ilusión al cajón desagradable por el que solo se reciben factura o malas noticias como multas o auditorías de Hacienda o algún otro organismo que nos reclamaba algo. Nuestro amigo el buzón es ahora nuestro enemigo el buzón al que deseamos que permanezca vacío la mayor parte del tiempo.

Y, por fin, llegaron las Redes Sociales. Estas venían, supuestamente, a facilitarnos la comunicación entre las personas, no importa a que distancia se encontraran.

Durante algunos años fue estupendo, nos reencontrábamos con viejos amig@s de la infancia o gente con la que habíamos perdido el contacto. Casi sustituyó a la ilusión de recibir cartas.

Por desgracia, a día de hoy, también sirve para que las personas se insulten y se falten al respeto sin ninguna impunidad, escudándose, precisamente, en esa distancia y un cierto anonimato.

Asisto todos los días a discusiones irrespetuosas entre personas que ni se conocen defendiendo temas que incluso desconocen, simplemente por el placer de poder insultar al “enemigo” de turno. Personas que dos o tres días más tarde están haciendo lo mismo con otr@ defendiendo lo contrario.

Creo que, las Redes Sociales se han convertido en un medio de desahogo de las frustraciones para algunas personas que no son felices.

Y esa reflexión me ha llevado a un razonamiento y una pregunta: ¿Por qué hay tanta gente infeliz?

Este relato es tiempo lineal. Como en unas cuantas décadas las cosas han cambiado tanto que nos han llevado de una plumilla, un tintero y un papel que nos conducía a una ilusión se ha ido transformando en una comunicación directa e instantánea que nos produce tanto placer como disgusto.

En un tiempo circular, nos daríamos cuenta de que, no hay nada nuevo, de que, en el momento que las civilizaciones han alcanzado un alto grado de desarrollo, han alcanzado también la corrupción de sus sociedades y, esto, les ha llevado a su destrucción.

¿Estamos ante el principio del fin de nuestra sociedad?

Pues todo indica que sí. Pérdida de valores, de respeto, de honestidad. Manipulaciones sociales de alta magnitud. Etc. Etc.

Parece que, esta tecnología, lejos de hacer a las personas más felices y solidarias, las hace más desgraciadas.

Pero rasguemos el velo de Isis para ver que hay debajo de todo esto. Esa tecnología que nos ha comunicado a distancia también ha sustituido al contacto humano. Y no estoy hablando ahora de la Pandemia que solo es un eslabón más en la cadena de acontecimientos. Las personas ya no entramos en contacto directo. Ya no nos reunimos, no quedamos para tomar un café y un sinfín de cosas más.

Las cartas eran un sustituto temporal de la falta de contacto. Las redes sociales se han convertido en la forma de contacto. Y el contacto es absolutamente necesario.

Cuando dos personas se acercan, hay una serie de mecanismos visibles e invisibles que se ponen en marcha.

Los visibles son la sonrisa, la expresión de la cara, el abrazo, el beso, esa colleja simpática cuando hemos dicho algo tonto… Ese acercamiento hace que nuestro organismo segregue sustancia como la oxitocina, la dopamina y otras. Alguna de ellas, la oxitocina, por ejemplo, ha sido denominada la hormona de la felicidad. Estas sustancias se producen una cantidad significativamente menor en el contacto a distancia.

Los invisibles son la energía que nuestros chakras intercambian con los de las demás personas y son responsables de ese feeling o simpatía y empatía que sentimos hacia la persona que tenemos cerca.

La falta de ese acercamiento terminará, si no le ponemos remedio, por deshumanizarnos y el tiempo circular volverá a triunfar una vez más, hará desaparecer nuestra civilización y vuelta a empezar con otro ciclo de otra nueva civilización que se volverá a desarrollar en tiempo lineal.

KairosFulness nos enseña a aprovechar el tiempo en espiral. Hay que “salirse” del tiempo lineal y circular y pasar al tiempo en espiral, para que no hay un nuevo ciclo, sino que, él mismo, continúe de manera más evolucionada. Esa evolución está en nuestras manos. A todos nosotro@ nos corresponde elegir y trabajar para que eso sea posible. Elegir el momento oportuno para dar ese “salto hacia arriba” antes de que el tiempo circular se haya cerrado sobre si mismo.

Para ello, no hay otras armas que la esperanza, la voluntad y el amor.

¿Esto no es nuevo verdad?

Todos los sabios que han poblado nuestras civilizaciones anteriores han dicho exactamente lo mismo. Pero, ha fallado, porque no han encontrado el suficiente número de personas que se sumaran a ese movimiento y alcanzaran la “masa crítica”, pero…. No tenían Internet y no tenían Redes Sociales. Hoy sí y, si somos inteligentes, deberíamos aprovecharlo.

Tenemos la oportunidad más grande que jamás ha tenido el Ser Humano en la historia conocida de transmitir nuestros mensajes a millones de personas a la vez.

Si queremos cambiar el paradigma, debemos actuar, dejar de utilizar la Redes como medio de discordia y utilizarlas como medio de tolerancia, comprensión, escucha, ayuda…

Recordad el experimento tan controvertido del Dr Masaru Emoto y como las frases bonitas y amorosas transformaban las partículas de agua. Debemos sustituir nuestras palabras escritas en las Redes por palabras de amor y de elogio, de forma que las personas recuperemos la ilusión de recibir una carta de las de antaño en una comunicación que nos arranque una sonrisa.

Hasta el final del 2019 (No quiero hablar de lo que vino luego porque hablar de ello es alimentar su negatividad) nuestros WhatsApp estaban llenos de chistes, buenos y malos, pero nos hacían reír. A día de hoy, abrir el WhatsApp es una tortura sembrada de mensajes feos y negativos, a favor o en contra de lo que ya sabemos.

 Yo, hoy he decido abandonar el tiempo circular. No abriré ni enviaré ningún mensaje que no sea para alentar, dar amor o dar esperanza. Hoy quiero dar la vuelta al destino del Planeta. Hoy quiero que reine el amor y que nuestra civilización no desaparezca. Hoy quiero dejar un Planeta mejor a nuestros hijos y unos mejores hijos a nuestro Planeta.

 
Si quieres y te sientes identificado con estas líneas únete al movimiento KairosFulness, elige el momento oportuno.

 

 

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