El Príncipe miedoso

Érase una vez un Príncipe al que sus padres, el Rey la Reina, habían puesto de nombre David, para que fuera tan valiente como el Rey David de la Biblia que se había enfrentado siendo un niño al gigante Goliat y le había vencido.

Pero, lejos de ser tan valiente como su nombre prometía, David era muy miedoso.

Desde que nació tenía miedo de la oscuridad. En cuanto apagaban la luz para que se durmiera David se ponía a llorar. Gritaba tanto que nadie en todo el Palacio podía dormir. Su papá y su mamá se turnaban para tenerlo en brazos y mecerle para que se durmiera. Pero, no había forma, David, solo se quedaba dormido cuando se hacía de día.

Sus padres creían que era por cansancio después de haber llorado toda la noche, pero pronto se dieron cuenta de que solo dormía cuando había luz. Probaron, entonces a dejarle una luz encendida en su habitación y, así, el Príncipe dormía sin problemas.

Cuando se fue haciendo mayor y empezaba a recorrer las estancias de Palacio, todas las luces debían estar encendidas ya que, si había alguna zona oscura, David salía corriendo y gritando como un poseso.

Pero, ese no era el único miedo que tenía el Príncipe.

Conforme fue creciendo tenía miedo a muchas más cosas.

Le daban miedo todos los insectos: arañas, abejas, avispas, moscas, mosquitos, incluso las mariposas le daban un miedo atroz. Como consecuencia, nunca salía al jardín y las ventanas de Palacio tenían que estar siempre cerradas para que no entrase ningún tipo de insecto. Había dobles mosquiteras en todas las puertas de entrada al Palacio. Y, si por descuido entraba alguno, todos los sirvientes de Palacio tenían que correr como locos hasta que le daban caza y eliminaban al insecto antes de que David se diera cuenta de que había entrado. Si eso ocurría, David, muerto de miedo corría por todo el Palacio gritando ¡Quítamelo! ¡Quítamelo!

También tenía miedo del agua. No había forma de meterle en una bañera llena de agua, ni tan siquiera en la ducha. Para mantenerle limpio, tenían que frotarle con toallas húmedas y calentitas, porque también le daba miedo el frío. Por eso, el Palacio tenía que estar siempre con la calefacción encendida a una temperatura muy alta, mientras todo el mundo en el Palacio sudaba a mares.

Por si eso no fuera suficiente, el Príncipe también le tenía miedo al fuego. Así que la cocina había tenido que ser trasladada a un lugar recóndito del Palacio y muy bien escondida y protegida para que David nunca pudiera llegar hasta allí.

Como consecuencia de todas estas medidas para evitar los miedos del Príncipe, los sirvientes de Palacio se iban marchando poco a poco, ya que no podían soportar, tanto calor, tantas precauciones para que no entrara ni una mosca y los gritos de miedo constantes de David.

Poco a poco el Rey y la Reina se fueron quedando sin servicio en el Palacio. Sus amigos y aliados ya no querían ir a visitarles. Se quedaron solos con David y eran ellos los que tenían que ir corriendo de un sitio para otro, cazando mosquitos, vigilando que nunca hubiera fuego, bañando al Príncipe con las toallas y sudando como locos con tanto calor.

David fue creciendo y sus papás envejeciendo.

El momento en que el Príncipe debería ocupar su puesto como sucesor del Rey acabó por llegar. Pero, estaba claro que, con tantos miedos, no iba a poder ser Rey.

El Rey y la Reina habían confiado en que, según fuera creciendo, David se iría haciendo más valiente y  se libraría de todos sus miedos. Pero, no era así. Al contrario, cada vez tenía más.

Durante ese tiempo habían consultado con toda clase de médicos para ver si podían curar los miedos del Príncipe, pero, por más pócimas y medicinas que le habían administrado, ninguna había servido para nada.

Un día, el ultimo sirviente que quedaba en el Palacio, el jardinero, también fue a despedirse. Estaba harto de cuidar de un jardín que le daba mucho trabajo para que no hubiera nadie para apreciarlo. El Rey y la Reina estaban tan ocupados vigilando a David que ni siquiera podían salir al exterior. Tampoco venía nunca nadie de visita. Y, claro, el jardinero estaba muy triste de ver un jardín tan bonito y nadie para pasear por él.

Cuando el jardinero fue a decirle al Rey que se iba a cuidar de otro jardín, cuya belleza, habría gente que apreciaría, el pobre Rey se desplomó en su sillón y una lágrima asomó a uno de sus ojos. Solo una, porque un Rey no podía permitirse llorar.

Al jardinero le dio mucha pena y le dijo al Rey que había un Mago en el Reino que quizás pudiera hacer algo por David.

¡Un Mago!  Eso nunca se les había ocurrido.

Le dijo al jardinero si podía decirle al Mago que viniese a Palacio. El jardinero prometió que lo haría y se marchó.

Pocos días después, un Mago apareció en la puerta de Palacio.

El Rey le hizo entrar rápidamente y le describió meticulosamente todos los miedos del Príncipe, que, ahora también incluía tener miedo de los extraños y se había escondido para que no le viera el Mago.

El Mago, después de escuchar atentamente al pobre Rey, le dijo que él solo podía ayudar al Príncipe contra uno de los miedos, pero que tenía varios colegas que le podrían ir ayudando con los demás.

El Rey, muy agradecido, le preguntó en qué le podía ayudar él y de qué manera.

El Mago le dijo que le diera las medidas del Príncipe y que le confeccionaría una capa para que se envolviera en ella y se sintiera protegido frente a los desconocidos.

Así se hizo. Un tiempo después, el Mago llegó al Palacio con una capa mágica. Le dijo al Rey que el Príncipe debía ponerse la capa y no quitársela nunca y perdería el miedo a los extraños.

El Rey le dio un buen dinero al Mago y, éste le prometió enviar a otro Mago amigo suyo que le daría otra solución para algún otro de sus miedos.

El Rey tuvo que buscar a David por todo el Palacio y convencerle durante horas para se pusiera la capa. Al final, con mucho miedo, el Príncipe se puso la capa por encima y la capucha en la cabeza. Al momento se sintió diferente y protegido.

Para hacer una prueba, su padre mandó llamar a algún agricultor de la zona y presentarlo delante de David.

Para su sorpresa, el Príncipe no tuvo miedo del desconocido.

Un tiempo después, llego a Palacio otro Mago que era amigo del anterior.

Este Mago también hizo una capa para David para que no tuviera miedo a los ruidos ni a la música. Y en el Palacio pudo empezar a haber música y las cosas se pusieron más alegres.

Ese Mago envió a otro que hizo otra capa para David. Y después otro y otro, cada uno le ponía otra capa diferente para ir quitándole los miedos uno por uno.
David se iba poniendo capas, una encima de otra. Conforme se iba quitando los miedos cada vez le costaba más caminar y moverse porque las capas eran muy pesadas y llevaba muchas. Además, todas tenían capucha y una sobre la otra apenas le dejaban un hueco libre para saber por dónde iba y no paraba de tropezarse con las puertas, los cantos de los armarios y otros muchos obstáculos.

Finalmente, el único miedo que le quedaba al Príncipe era el miedo a la oscuridad. Su padre, el Rey, cada vez era más viejo y David tendría que ocupar el trono muy pronto.

Pero, un Rey no podía tener miedo si quería ser un buen Rey.

Poco a poco, el Palacio había vuelto a la normalidad. El primero en volver fue el jardinero que volvió a dejar el jardín aún más bonito de lo que había estado. Luego volvieron los cocineros que ya no tenían que estar encerrados a cal y canto dentro de la cocina. Todos los sirvientes fueron regresando muy contentos de no tener que volver a pasar calor ni tener que ir corriendo detrás de los insectos.

Los amigos y otros dignatarios volvían a venir de visita.

Pero las luces seguían sin poder apagarse nunca. Todos tenían que dormir con un antifaz en los ojos para poder soportar la luz.

El Rey le había pedido al último Mago que había venido que le enviase a otro que pudiera quitarle a David el miedo a la oscuridad. Pero, éste le había dicho que eso era imposible. El único que existía que podía hacer eso, vivía muy lejos y nunca salía de la cueva en la que vivía. Podía enviarle recado y éste mandaría a su ayudante para que condujera al Príncipe hasta su morada.

Cuando el Rey cayó enfermo, David se dio cuenta de que no le quedaba más remedio que ir a buscar al último Mago para que le quitara su último miedo. Así que accedió a que el ayudante del mismo le ayudara a llegar a su cueva.

El ayudante vino y ambos se pusieron en marcha.

El Príncipe intentó montar a caballo, pero con tantas capas y tanto peso le resultó imposible. El ayudante del Mago ya le había advertido de que hasta allí no se podía llegar en carroza. Así pues, no les quedaba más remedio que ir andando.

El primer día no avanzaron más que un par de kilómetros. David caminaba muy despacio por el peso que llevaba encima y además se iba tropezando y cayendo todo el rato.

Al caer la noche, el ayudante del Mago hizo una buena hoguera. David ya no tenía miedo al fuego, pero si a la oscuridad.

Mientras estaban comiendo algo a la luz y al calor de la hoguera, El Príncipe le preguntó al ayudante cuanto tiempo tardarían en llegar. Le preocupaba que su padre el Rey, muriera antes de que el regresara. El ayudante le dijo que al paso que iban podían tardar muchos meses en llegar y era más que probable que su padre no aguantase tanto.

David, desesperado, le preguntó que podía hacer para ir más ligero y éste le contestó que necesitaría aligerar el peso que llevaba puesto.

Pero ¿Cómo voy a hacer eso? Le dijo el Príncipe, ¡necesito todas estas capas para no tener miedo!

Bueno, le dijo el asistente, en realidad no, solo necesitas enfrentarte a tus miedos, uno por uno y podrás quitarte las capas una por una. Tú eliges. Eso o tardar meses, quizás años, en llegar y que no vuelvas a ver a tu padre y, hasta es posible que para cuando vuelvas alguien haya ocupado ya tu trono.

David no pudo dormir en toda la noche. No paraba de pensar que no podía hacerle eso ni a su padre ni a su reino.

A la mañana siguiente, David le dijo al asistente que le ayudara a poder quitarse las capas que le cubrían.

El asistente le preguntó a qué miedo correspondía la última capa que llevaba puesta y el Príncipe le dijo que le protegía del miedo al fuego. Bien, le dijo, esta noche, cuando encendamos el fuego yo te ayudaré a quitarte la capa.

Caminaron otra vez unos pocos kilómetros y David estuvo todo el día temeroso de que llegara la noche y tuviera que enfrentarse al fuego.

Al llegar la noche, el asistente encendió una buena fogata mientras el Príncipe temblaba de miedo solo de pensar con lo que iba a tener que enfrentarse. Pero, llegado el momento, el asistente le hizo sentarse al lado de la fogata y le pidió que cerrase los ojos. Después le fue hablando con una voz muy suave que casi le adormecía. Le pidió que imaginase una llama de fuego que se le acercaba lentamente y que le daba luz y calor. Esa llama parecía sonreírle y parecía decirle que era su amiga y que no tenía nada que temer. Poco a poco, empezó a sentirse mejor, a notar el calorcito que le daba la llama y a sentir que era su amiga.

De pronto, el asistente le dijo que ya podía abrir los ojos. David, se dio cuenta de que mientras él estaba sintiendo todo eso con su nueva amiga la llama de fuego, el asistente le había quitado la capa que le protegía del miedo al fuego y estaba sobre una roca al lado de él. Su primera intención fue de un intenso pánico y correr a buscar la capa para ponérsela. Pero, entonces se dio cuenta de que estaba al lado de la fogata y no se estaba quemando, sino que por el contrario le hacía sentir muy bien, y, entre las llamas de la fogata, le pareció ver la sonrisa de su nueva amiga.

Se dio cuenta de que ya no necesitaba esa capa.

Ese día fue un poco más ligero, pero aún avanzaba lenta y pesadamente, por lo que le pidió al asistente del Mago que le ayudara a quitarse otra capa.

La siguiente era el miedo al agua, por lo que el asistente le condujo hasta un pequeño riachuelo que corría por allí cerca. El asistente le pidió de nuevo que cerrara los ojos y empezó a hablarle con la misma voz suave que la vez anterior. Le pidió que escuchara el murmullo del agua al deslizarse por el cauce del río y la verdad es que le resultó muy agradable y relajante. Luego le fue explicando como el agua mojaba la tierra que había alrededor y daba de comer a las plantas y las hortalizas que se comían y servía para alimentar a las personas y a los animales. Gracias al agua que bebían tanto él como las plantas, todo estaba vivo en la Tierra. Entonces sintió un frescor en la mano. Como, gracias a una de las capas no tenía miedo al frío, no le resultó desagradable. Al contrario, sentía que algo suave se deslizaba por su mano.

Cuando el asistente le pidió que abriese los ojos, David tenía la mano metida en el agua del riachuelo y la capa que le protegía del miedo al agua, yacía sobre una rama de un árbol. El asistente se la había quitado mientras él estaba extasiado con el agua. Se dio cuenta de que ya no le tenía miedo al agua y sintió unas ganas enormes de bañarse. Pero eso era imposible sin quitarse todo el resto de capas que llevaba encima.

A partir de ese momento, cada día el asistente del Mago le iba ayudando a desprenderse de las capas una por una. Pudo contemplar a una mariposa de bonitos colores, caminar entre las hierbas saliendo del camino sin sentir terror de lo que hubiera entre ellas, ver salir corriendo a un conejo y ver y escuchar a un búho por la noche.

Cada día, tenía una capa menos y un miedo menos y podían caminar mucho más deprisa, aunque aún faltaba mucho para llegar a la cueva del último Mago.

Continuaron caminando y caminado, hasta que un día, el asistente le anunció que estaban llegando a la cueva donde el Mago vivía, pero que, como era un extraño para él, debería quitarse la última capa que le cubría, la que le protegía del miedo a los desconocidos, ya que, de lo contrario, éste no le podría ayudar. Para que ese Mago pudiera ayudarle no debería llevar capa alguna.

Muy a su pesar, David accedió a despojarse de su última capa y, ya que estaba, decidió darse un baño en un riachuelo que había allí mismo. De esa manera, estaría limpio y arreglado para encontrarse con el más poderoso de los Magos, el que le quitaría el miedo a la oscuridad.

Como no habían visto a ningún desconocido, el Príncipe no estaba muy seguro de si había funcionado o no, pero confiaba en no salir corriendo pegando gritos cuando viera al último Mago que le iba a ayudar. Habían hecho un camino muy largo y tenía que volver corriendo a su Palacio antes de que fuera tarde.

Al día siguiente, llegaron a la entrada de una cueva. El asistente, le dijo que se quedara en la entrada mientras iba a avisar a su Maestro de que estaba allí.

Estaba tardando mucho en salir, así que se sentó en una roca a esperar. Se entretuvo escuchando los trinos de los pájaros, el murmullo de un río lejano, se dedicó a perseguir mariposas, hasta consiguió coger un conejo y estar acariciándole un rato.

Poco a poco iba pasando el día y ni el asistente ni su Maestro aparecían en la entrada de la cueva y estaba empezando a hacerse de noche.

David decidió encender una antorcha, tal y como había visto hacer al asistente todas las noches. Con un poco de esfuerzo consiguió encenderla.

Cuando cayó la noche, David decidió entrar en la cueva con la antorcha.

Había una entrada estrecha al fondo de la cual se abría un espacio más amplio, allí en el centro, sentada en el suelo, había una figura de un hombre sentado.

Entonces se dio cuenta de que, por primera vez, estaba delante de un desconocido y no le daba miedo.

¿Mago? Preguntó. Su asistente me ha traído hasta aquí, pero hace muchas horas que ha entrado y creo que se han olvidado de mí por eso me he permitido…

No pudo terminar la frase, porque cuando se fue acercando a la persona que había sentada en el centro de la cueva, pudo verle la cara. Era el asistente del Mago.

Este, le dijo que se acercara a él y se sentara a su lado.

David hizo lo que el asistente le pedía y le preguntó dónde estaba el Mago y cuánto tiempo tendrían que esperarle.

El asistente sonrió y le dijo. Soy yo, he estado contigo todo este tiempo. Así he podido conducirte hasta este paso final.

El Príncipe se quedó perplejo.

Pero, si eres el Mago ¿para qué hemos tenido que hacer todo este viaje?

Era necesario, le dijo. Si no hubiera sido por las dificultades que tenías para moverte con todas esas capas no hubieras aceptado nunca quitártelas.

David reflexionó. Eso era cierto. Pero, le dijo, las capas no me las he quitado yo, ha sido gracias a ti. Tendrás que volver conmigo a Palacio sino volveré a tener miedo, le dijo.

No, David, las capas te las has ido quitando tú solo mientras ibas enfrentando tus miedos. Yo solo empezaba a hablarte para indicarte como debías empezar, luego continuabas tu solo. Tú has vencido los miedos.  Y ahora vas a vencer el último. Vas a apagar la antorcha y te vas a quedar aquí conmigo en la oscuridad.

Pero… ¡no voy a poder! Dijo el Príncipe.

Si podrás le dijo el Mago. Te prometo que, si tienes miedo, yo mismo encenderé la antorcha.

Como, después de tanto tiempo, David confiaba en él, decidió intentarlo.

¿Cuánto tiempo tendré que estar a oscuras? Preguntó David. Yo te avisaré cuando vaya a encenderla, le respondió.

Muy intranquilo, David accedió y el Mago apagó la antorcha.

El Príncipe sintió bastante miedo, pero menos de lo que se imaginaba por sabía que su amigo estaba al lado en la oscuridad.

Para entretenerse, empezó a pensar en todas las aventuras que habían pasado y en todas las cosas que iba a tener que hacer en cuanto volviera a Palacio.

Como la cosa duraba mucho, decidió recostarse un poco en el suelo para estar más cómodo. Al fin y al cabo, entre unas cosas y otras, el día había sido bastante cansado. Al cabo de unos pocos minutos se quedó profundamente dormido.

Cuando se despertó, unos rayos de luz entraban por la puerta de la cueva. Su amigo el Mago no estaba allí.

Se levantó y salió de la cueva, donde le encontró tostando algunas raíces en una fogata. También había una especie de olla que colgaba de unos palos encima del fuego.

¿Qué tal has dormido? Le preguntó el Mago.

Como un tronco, le contestó el Príncipe. Pero, al parecer tú te has despertado antes que yo.

No, le dijo su amigo. Yo me fui inmediatamente después de apagar la antorcha y me fui a dormir tranquilamente a mi cama que está en aquella cabaña de allí, le dijo señalando hacía una casita de madera detrás de la cueva. Has pasado la noche completamente solo en la oscuridad.

Ahora tómate un buen desayuno, le dijo ofreciéndole una taza de una infusión calentita y unas raíces tostadas que le supieron a gloria.

No, dijo David, cuando el Mago iba a hablar. Mejor no me expliques lo que me estoy comiendo, prefiero no saberlo, pero, te felicito, está delicioso.

Ambos se echaron a reír.

El Príncipe se despidió de su amigo, no sin intentar convencerle de que volviera con él a palacio y que viviera rodeado de riquezas y comodidades. Pero éste rehusó, le dijo que allí vivía muy bien, tenía todo lo que necesitaba y aún le quedaban muchos miedosos a quienes ayudar.

David emprendió corriendo el camino de regreso. Tenía prisa y ya no sentía temor alguno.

Cuando llegó a Palacio, su padre estaba muy enfermo y su madre la Reina le cuidaba.

Ha resistido hasta que llegaras para comprobar por sí mismo si la visita al Mago había surtido efecto, le dijo su madre.

El Rey se puso tan contento cuando David le contó sus aventuras y el cambio que había hecho que empezó a mejorar día tras día. En realidad, había estado enfermo de preocupación y de tristeza.

Cuando el Rey estuvo recuperado del todo hicieron una gran fiesta en Palacio al que acudió todo el mundo y en el que el Jardinero, tuvo un lugar de honor.

David nunca volvió a tener miedo de nada. Cada vez que algo le hacía sentir temeroso repetía la técnica que le había enseñado su amigo el Mago y los miedos se convertían en sus amigos.

Y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

 

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